La proliferación de tecnología “inteligente” (electrodomésticos, vehículos y sistemas domésticos conectados a Internet) plantea una pregunta simple: ¿están estos avances impulsados por la demanda de los consumidores o por la innovación corporativa que supera las necesidades reales? Datos recientes sugieren que esto último suele ser el caso.
Electrodomésticos inteligentes: un nicho de mercado
A pesar del revuelo de la industria, las tasas de adopción de electrodomésticos inteligentes siguen siendo sorprendentemente bajas. Una encuesta reciente de YouGov revela que sólo alrededor del 3% de los hogares del Reino Unido poseen un frigorífico inteligente o un dispositivo similar. La funcionalidad ofrecida (reproducir música, mostrar actualizaciones del clima o incluso escanear inventarios de alimentos) no resuena con la mayoría de los consumidores.
No se trata simplemente de asequibilidad; se trata de utilidad. La mayoría de las personas no necesitan su refrigerador para realizar tareas que ya se realizan eficazmente con teléfonos inteligentes, equipos de música o un vistazo rápido por la ventana. Las funciones suelen ser redundantes y los beneficios reales siguen sin estar claros.
Actualizaciones forzadas: el ejemplo del automóvil
La situación cambia drásticamente cuando se consideran los vehículos modernos. A diferencia de los electrodomésticos inteligentes, los consumidores tienen opciones limitadas en cuanto a la tecnología incluida en los automóviles nuevos. Funciones como sistemas SOS obligatorios (que alertan automáticamente a los servicios de emergencia en caso de accidentes) y actualizaciones de software inalámbricas ahora son estándar.
Esto último, si bien se presenta como una conveniencia, vincula cada vez más la propiedad de un vehículo con servicios de suscripción continuos. Esto hace que el modelo pase de comprar un producto a suscribirse a su funcionalidad, erosionando efectivamente los derechos de propiedad tradicionales. Muchos consumidores pueden no desear estas características, pero se ven obligados a aceptarlas como condición para comprar un automóvil nuevo.
La ilusión de la elección
La diferencia clave radica en la agencia. Con los electrodomésticos, los consumidores pueden optar por ignorar por completo las opciones “inteligentes”. Las empresas de energía pueden impulsar los medidores inteligentes, pero los individuos pueden evitar interactuar con ellos. Los coches, sin embargo, ofrecen mucha menos autonomía.
Esto no es un rechazo de la tecnología en sí; El autor señala que posee varios productos tecnológicos por elección propia. Más bien, es una crítica a las actualizaciones forzadas y las funciones agregadas sin una demanda genuina de los consumidores. La tendencia hacia interfaces sobrediseñadas (demasiadas pantallas, muy pocos botones físicos) complica aún más la usabilidad para muchos conductores.
El problema no es la tecnología en sí, sino la imposición de una complejidad innecesaria.
La rápida integración de funciones “inteligentes” en objetos cotidianos es un claro ejemplo de cómo la innovación no siempre equivale a mejora. A medida que los automóviles y otros dispositivos se conectan cada vez más con datos, la pregunta sigue siendo: ¿están estos avances diseñados para el beneficio de los consumidores o para la innovación misma?























